El periodo moderno
Nuevos aires para Bretaña
Llegan tiempos de cambio. Tiempos en los que nace la industria pesquera y agrícola gracias a las conserveras. Tiempos de dolor y sangre vertida por los bretones en las guerras mundiales y en los bombardeos de Brest, Lorient y Saint-Malo. Pero, ahora con el auge del turismo han llegado tiempos tranquilos que invierten el sentido de la emigración y estimulan la cultura.
El turismo: una auténtica locomotora
A finales del siglo XX, los ingleses, seguidos de los norteamericanos descubrieron las propiedades beneficiosas de los baños de mar y crearon los primeros centros balnearios en Dinard, Paramé y Saint-Lunarie. La llegada del tren a Saint-Brieuc confirmó la vocación balnearia de la Costa Esmeralda y de Saint-Quay-Portrieux. Con los nuevos centros balnearios, villas y hoteles de época, estas localidades de playa no han dejado nunca de seducir.
Pescadores de Islandia y de futuro
Cuanto heroísmo y esfuerzo reunían las tripulaciones que zarpaban de Paimpol o Saint-Malo para pescar bacalao en Terranova e Islandia. Pierre Loti inmortalizó la dura vida de estos marineros. Paimpol grabó su historia en la piedra de las residencias de los armadores o en las callejuelas en las que los pescadores se divertían de bar en bar. En la actualidad, la pesca de alta mar se practica en Lorient y Concarneau principalmente. Los puertos continúan gestionando sus recursos con dinamismo: langostinos en Camaret y Audiernes, vieiras en Saint Brieuc, pescado en Guilvinec.
Enlatados
A finales del siglo XIX la lata de conserva cambió la vida de Douarnenez y Concarneau. Numerosos trabajadores, en su mayoría mujeres, se dedicaron a enlatar las sardinas. Hasta 34 conserveras competían en Douarnenez. De ahí surgieron movimientos sociales y sindicales. Este lado obrero y popular se conjugaba en masculino en las atarazanas de Brest, Lorient y Saint-Nazaire.
Bretones de aquí y de todas partes
En cualquier rincón del mundo encontrarás a un bretón. Empujados por la necesidad de trabajo y, a veces, por la aventura, emigraron millones de ellos. La metrópolis de París congrega a un millón de bretones, lo que convierte París en la mayor ciudad bretona. La oleadas de emigración colectiva entre 1920 y 1950 formaron comunidades bretonas en Estados Unidos, Argentina y Canadá.
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