Isla de Sein
Una tierra de emociones
La isla de Sein es promesa de bonitos momentos: de reencuentro con uno mismo en el silencio de una playa de cantos, de reencuentro con la naturaleza en las landas barridas por los vientos, de reencuentro con el calor de los insulares que reciben con alegrÃa a los visitantes desembarcados en los muelles bordeados de casas coloridas…
Una balsa de arena y rocas
Solo se ven dos trazos en el horizonte de 1,8 km de longitud a unos 8 km de la punta de Raz. Y sin embargo, la isla de Sein no pasa desapercibida. Hay que decir que Enez-Sun tiene carácter. Quizá por estar expuesta a los avatares del viento y las olas, quizá por estar bañada por veranos luminosos, quizá por… pero la verdad es que es un lugar único y extraordinario, al margen del tiempo y del mundo. Los habitantes se sienten muy orgullosos de vivir aquà y comparten este orgullo con gran generosidad.
El campo de piedras
Uno va quedando extasiado a medida que se acerca a los pies del faro verde y blanco. Desde Audierne, el camino que sigue los acantilados del Cap-Sizun nos desvela la punta del Raz desde una nueva perspectiva y deja el faro de la Vielle reducido a la punta. Una vez en tierra, los enlucidos rosas, amarillos y azules del muelle de Paimpolais dan una chispa de alegrÃa. Algunos sostienen carteles de bares donde el bogavante se come con los dedos. Detrás del dique y de la primera tanda de fachadas, las casas se apelotonan en las callejuelas tortuosas para sortear el viento. Algunos callejones no miden más de 85 cm: justo para que pasaran las barricas. Y más allá del puerto se extienden las landas, que a veces quedan sumergidas bajo las grandes mareas. No hay un solo árbol en esta vegetación rasa, solo emergen los muretes de piedra que esconden diminutos cultivos. Antepuesto a las grandes rocas esculpidas por la erosión, se alza el Gran Faro que vela sobre la capilla de St-Corentin a la que acudÃan los marineros para colocar su báculo en dirección a los vientos deseados.
Héroes actuales
Los habitantes de la isla de Sein, marineros diestros, orgullosos de su libertad y acostumbrados a luchar contra los elementos aliaron estas cualidades para dedicarse a los salvamentos… y participar en la resistencia. Tras el llamamiento del 18 de junio de 1940, los 150 hombres de la isla se unieron a las tropas del General de Gaulle. Es decir, casi un cuarto de los primeros voluntarios eran de Sein.

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