Saint-Goustan
Una escala preciosa
Al pasar por el puente de la vía rápida entre Vannes y Lorient hay un puerto que atrae la vista desde el fondo de una ría. Se trata de Saint-Goustan. El puerto y su pueblo han sabido superar los siglos conservando sus callejuelas adoquinadas, el puente de piedra, las casas medievales de entramado de madera y sus dinámicos muelles. Su aire alegre anima a dejarse llevar.
¡Aúpa!
Más vale no llevar tacones para recorrer Saint-Goustan, sobre todo debido a las pronunciadas pendientes que determina el río Loch para bajar al puerto, construidas sobre las ruinas de un castillo-fuerte. Para compensar el esfuerzo están las terrazas a la sombra del paseo y la vista a los muelles. A la orilla más pintoresca se llega franqueando el puente de cuatro arcos de piedra (s. XIII). La plaza Saint-Sauveur con adoquines abombados está rodeada de casas medievales de aspecto sólido de entramado de madera y formas típicas. Las callejuelas empinadas y entrecortadas por escaleras nacen para conquistar el barrio acompañadas de sus casas con fachadas medievales típicas. Las viviendas de los siglos XV y XVI lucen un aspecto respetable y se vuelven más canallas al irse el sol, cuando empiezan a animarse los bares y terrazas. La bonita calle del Castillo asciende hacia el actual centro de la ciudad. Algunos zigzags entre tiendas de artesanos y galerías de artistas hacen más llevadero el camino.
Saboreando el legado histórico
Antes de empezar el paseo por Saint-Goustan, que gana en ambiente al final del día, puedes seguir el río Auray (en realidad es el río Lock, que cambia de nombre cuando empieza a sufrir la marea). Castillos y palacetes se esconden entre los montículos y las encantadoras ensenadas. La mayoría de ellos sólo pueden verse desde el río, aunque a algunos de ellos se puede acceder por carretera. ¡Qué idea tan estupenda subirse a un barco y verlos desde el río!
¡A los muelles!
Auray-Saint Goustan, la parte alta y la baja de la ciudad, ha sido calificada de Ciudad de Arte e Historia. Los muelles datan del siglo XIV. El puerto, con su posición estratégica, se enriqueció en la Edad Media con los impuestos que pagaban los barcos a su paso. En los siglos XVI y XVII, el tráfico de vino y cereales lo convirtió en el tercer puerto bretón. Algunos recuerdos siguen grabados en las losas de granito: Benjamín Franklin atracó aquí en 1776 para tener una audiencia con Luís XVI.




