Clisson o el patrimonio italiano
La Dolce Vita a las puertas de Bretaña
Villas toscanas, arcos y motivos hechos de ladrillo, columnatas que sobrevuelan el paisaje, olivos en las terrazas, rosaledas y vides que danzan bajo las parras, campanarios cuadrados acabados con tejas rojas… ¿Estamos en Italia? No, el río que se ve es el Sèvre. Estamos en Clisson, la ciudad de estilo italiano.
En el cruce de provincias y culturas
Frente a las provincias de Anjou y Poitou, en la confluencia del Sèvre y el Moine, el ducado de Bretaña construyó en el siglo XIV un castillo poderoso, flanqueado de una torre maestra. Entre sus señores se halla el famoso condestable Olivier de Clisson. Su siglo añadió un mercado medieval cubierto y unos puentes a la ciudad. En 1793, las guerras de Vendée arrasaron la ciudad. El renacimiento del valle vino de la mano de tres enamorados de Italia y Clisson adquirió ese insólito aire toscano, donde la teja y el ladrillo casan con la pizarra y el granito.
Cuando la Edad Media se volvió romántica
Colores y sabores desbordaban el mercado en el siglo XV. Bajo un magnífico techado de roble, abeto y castaño, el gran mercado de los viernes reunía a productores, compradores y negociantes. Un poco más abajo, el castillo luce su imponente silueta. Los magníficos vestigios de sus matacanes, torres y puente levadizo lo convierten en el centro del paisaje romántico recreado en Clisson. Si bajas por la calle Tire-Jarrets o la de la Collégiale, llegarás al Puente del valle y al Puente de San Antonio (s. XV). Desde el primero disfrutarás de una de las mejores panorámicas al casco antiguo. El segundo se caracteriza por sus dos arcos ojivales.
El sueño italiano
Los hermanos Cacault y el escultor Lemot se inspiraron en Italia para volver a dar vida a Clisson. En el siglo XIX, el proyecto un tanto alocado de Garenne Lemot se convirtió en realidad. En un parque con bosque, un paisaje idealizado distribuyó edificios de estilo italiano, estatuas antiguas y templetes. En la entrada de la propiedad, la Casa del Jardinero es una obra maestra de la arquitectura rústica transalpina. En un estilo neoclásico, la terraza de la Villa Lemot sobrevuela el río Sèvre. Varias casas y edificios industriales (numerosos molinos entre ellos) incorporaron ornamentos de ladrillo, torres, galerías y buhardillas. Por ello toda la ciudad evoca a la Toscana italiana.




