La Roche-Bernard

Una inmersión en el tiempo

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Las piedras pulidas por el tiempo, las callejuelas empinadas… todo parece narrar la historia de esta ciudad nacida del mar y de la marina. Arracimadas junto a la orilla del río Vilaine, casas antiguas y palacetes van descendiendo hacia el puerto antiguo formando un paisaje urbano muy original.

Una ciudad que defiende su historia

Cuando hacia el año 1000, el vikingo Bern-Hart buscaba un lugar defensivo y decidió establecer su torre maestra sobre un peñasco que domina el río no sabía que acababa de fundar La Roche-Bernard. La actividad portuaria se desarrolló y floreció con el comercio de la sal y los astilleros de donde salió el primer barco de tres puentes en 1635. La capitanearía, las atarazanas y los depósitos de sal hablan de esta prosperidad. Tras la construcción del dique de Arzal, el puerto pesquero se reconvirtió a puerto deportivo.

Por las callejuelas

La ciudad antigua, declarada Pequeña Ciudad con Carácter, está surcada de numerosos paseos que enlazan las antiguas callejas con miradores. Se recomienda el camino de Ruicard que se pierde entre calles pintorescas, a veces de escaleras, flanqueado de casas de los siglos XVI y XVII. El pasaje de la Quenelle conduce a la bonita plaza del Bouffay, donde se halla la casa du Canon.

Una escala espectacular

El puerto es a la vez un lugar monumental, un lugar donde se perpetúan las tradiciones y un lugar donde tomar algo. Elevándose junto al canal, los edificios vuelven a dar vida al pasado marítimo. Pesca, construcción naval y cabotaje son los temas tratados en el Museo de la Vilaine Maritime, en el castillo de Basses-Fosses. Los cinco niveles de esta sorprendente construcción tienen los cimientos sobre el peñón rocoso. Es el mascarón de proa de la belleza arquitectónica del lugar.

Por todo lo alto

El paseo puede tomar una dimensión sorprendente si pasas por la pasarela peatonal que dobla el puente de Morbidan: 40 m por encima del río. Un puente con vistas únicas. Y si lo que quieres es seguir el río por su orilla y disfrutas de sus prados verdes, puedes ir bajando el río hasta llegar a la presa.

¿Lo sabías?

¿Llegarías tan alto?

Durante mucho tiempo el puente del Morbihan fue la puerta sur de Bretaña. Mide 376 m de longitud y descansa sobre un arco de 200 m de ancho sobre el que dos pasarelas permiten admirar el lugar a los más valientes.

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