Si Bréhat pudiera convertirse en estación del año, sería primavera. Aquí la suavidad del clima ha permitido que numerosas especies exóticas importadas por los marineros pudieran adaptarse sin problemas: las hortensias estallan como fuegos artificiales coloridos, y los laureles, mimosas y eucaliptos crecen como lo harían en su tierra natal. La isla de las flores culmina los honores a su apodo en la parte más sureña de la isla.
En realidad, Bréhat es un archipiélago: al Sur, alegres parques y un coqueto pueblecito de piedra que acogen con alegría al visitante recién desembarcado. La ascensión a la colina (26 m de altura) donde se halla la capilla de Saint-Michel recompensa con una vista panorámica que corta el aliento. No hay que perderse el molino movido por la marea de Birlot, considerado uno de los más bonitos de la región.
Separada de su falsa gemela por un istmo, la isla sur sorprende por su austeridad. Aquí los vientos baten el paisaje, lo vuelven más árido y lo entregan a la ginesta, a la retama y a la aulaga. Aunque no por ello deja de emanar su encanto salvaje. En la punta de Paon, si el festival de rocas anaranjadas dominadas por la silueta del faro es ya de por sí suntuoso, el acantilado sobre el que se yergue el faro impresionante por su desmesura.
Con sólo 1,5 km de amplitud, Bréhat no olvida jamás su alma marina y desde cualquier rincón se aprecia su cinturón rosado de islas: Béniguet, Raguenez, Logodoc, Lavrec…
Cuando uno piensa que sólo unos minutos de travesía separan el archipiélago de la punta de Arcouest y del continente… cuesta crear que el cambio sea tan radical: aquí no existen coches, sólo algunos tractores supervisados por la mirada indolente de las vacas, que para no perder un punto de autenticidad comen en pesebres muy originales: los viejos cascos de barcas.
Bréhat no se parece a ninguna isla, es realmente única y quizá sea ése uno de sus mayores encantos.

Bréhat - F Le Divenah