El proyecto del Parque Natural del Golfo de Morbihan, esbozado desde hace varios años, se concreta. El pequeño mar interior ha dado su nombre al departamento y cierto es que constituye el elemento fundamental de su identidad.
El golfo, prácticamente cerrado, vive constantemente entre la tierra y el mar y no deja entrar al océano más que por el estrecho paso en la punta de Kerpenhir y Port-Navalo. Este pequeño paraíso de los deportes náuticos, sembrado de islas, islotes y peñascos, es un laberinto en el que uno no puede aventurarse al tuntún. Las corrientes pueden ser violentas y los capitanes de barcos deben estar siempre atentos a la marea para no quedar embarrancados.
El barco emblemático del golfo es el famoso sinagot, fácil de reconocer por su vela cuadrada escarlata. Los pescadores de Séné, grandes conocedores del golfo, han marcado la historia de la pesca y de la vela. En la actualidad, las marismas dulces y saladas de la península albergan una reserva natural. El golfo es un paraíso para las aves migratorias y un refugio para numerosas especies protegidas. La barnacla de cara negra, una oca salvaje de pequeño tamaño originaria de Siberia, está encantada de emitir su concierto de sonidos junto al agua saboreando su plato preferido: las zosteras marítimas. El fino encaje de las costas ha dado origen a marismas, bahías y estanques que proporcionan a la fauna local un rico mosaico de hábitats. Esta particularidad geográfica dibuja un paisaje único y fascinante. Cuesta saber si la punta de costa que se ve al horizonte es el final de un brazo de tierra o la punta de un islote.
Para sucumbir a los encantos del golfo, basta con dar una vuelta en barco o pasearse en kayak de isla en isla. Su luminosidad tan característica convierte los paisajes en un dulce para los acuarelistas. Las islas, habitadas desde tiempos remotos, esconden multitud de restos megalíticos. Para descubrir la Isla de los Monjes sólo hay que perderse por los senderos de la «perla del golfo». Playitas protegidas por las islas del golfo permiten bañarse tranquilamente con la marea alta. Este mar menor, cuna de la ostra, antaño estuvo repleta de bancos naturales. En cambio, se sigue practicando la cría y el afinado de crustáceos. El maridaje en el plato de los crustáceos con el pescado de la zona combinados con el talento de los chefs locales convierten este lugar en un referente de la gastronomía bretona.

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