A bordo del Moana (4 pasajeros en buen estado físico), nos embarcamos para pasar el día con Catherine. A medida que la tierra se aleja, la vida cotidiana deja paso al momento presente. El horizonte, el viento, el agua deslizándose por el casco, el sonido de los pájaros, la alegría universal de unos delfines... Cuaderno de bitácora en mano, cada uno está invitado a expresar lo que le venga en gana. Centinelas del IFREMER, también vamos a la caza de blooms, zonas donde la proliferación de microplancton amenaza el ecosistema marino. En tierra, el fresco oceánico nos permite comprender mejor los problemas para poder actuar. Con el ornitólogo Yves, puedes mezclarte entre los juncos para observar las aves marinas. Con Florence, puedes recoger tesoros del mar para crear obras de arte efímeras. Con Catherine, ponemos palabras a nuestras sensaciones. Éstas son sólo algunas de las formas en que podemos ser más conscientes de la belleza y la fragilidad del océano y protegerlo más eficazmente.
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