Saint-Malo

¡Al abordaje de la ciudad de los corsarios!

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Como un barco de piedra encallado en la desembocadura del río Rance, Saint-Malo muestra con orgullo sus murallas junto a la playa y el puerto. Las fachadas y torres que emergen de las fortificaciones confieren a la ciudad esa silueta tan característica. Para abordar la ciudad de Saint-Malo lo primero que hay que hacer es recorrer el camino de ronda y disfrutar de esas vistas impresionantes.

Una ciudad de hombres libres

San Malo nació en Alet (actualmente absorbida por la ciudad de Saint-Malo), en el siglo I a.C. El puerto galorromano permitió la construcción de una ciudadela fundada sobre un islote en el siglo XII. De aquí zarpó, en el siglo XVI, Jacques Cartier para descubrir Canadá, así como los barcos pesqueros que llegaron a Terranova. Los armadores hicieron fortuna y la ciudad prosperó al abrigo de las murallas, ampliadas por los discípulos del arquitecto Vauban. En el siglo XVIII, los corsarios Duguay-Trouin y Surcouf reafirmaron el prestigio de Saint-Malo, cuyo estandarte flota por encima de la bandera francesa.

Unas murallas muy acogedoras

El paseo de las murallas salta de bastión en torre. Por un lado, las callejuelas de la ciudad y, por el otro, magníficas vistas a las playas, al puerto y a los fuertes. Desde la puerta Saint-Vincent, a la entrada de la ciudadela, se despliegan las ensenadas portuarias y Saint-Servan. Entre los bastiones de Saint-Louis y Saint-Philippe, la vista se abre al estuario y a Dinard. Las playas se suceden a los pies de las murallas hasta alcanzar la torre Bidouane. Con la marea baja, un pasillo de arena une tierra firme con las islas del Grand Bé y del Petit Bé. Ante el castillo se extiende la gran playa de Sillon.

Intramuros

Murallas adentro, el paseo continúa entre elevados edificios. Cuando uno admira su estilo es difícil creer que la mayoría de ellos fueron reconstruidos tras los bombardeos de 1944. Desde la entrada a la ciudad te asalta la tentación de pararte en una terraza de la plaza Chateaubriand. Pero hay que saber contenerse. La torre Quic-en-Groigne, la casa Pélicot construida como el castillo trasero de un barco, las casas de los armadores y los alturas del Hotel d’Asfeld te esperan.

¡Más fuertes si cabe!

Cuando baja la marea se puede llegar al fuerte del Petit Bé y al fuerte nacional, asentados en lugares excepcionales. Desde esos islotes hay una vista inolvidable de 360º. En el Grand Blé podrás hacer una visita póstuma al más famoso escritor de Saint-Malo: Chateaubriand.

Otros elementos defensivos que cabe subrayar fuera de las murallas y en tierra firme es el fuerte de la ciudadela de Alet y la Torre Solidor. Saint-Servan también es el punto de partida de un bonito paseo frente al río Rance y a la ciudad amurallada.

¿Lo sabías?

La época de los corsarios ha acabado pero los habitantes de Saint Malo siguen celebrándola a su manera y no sorprende que la ciudad acoja la Ruta del Ron y la transatlántica Québec-Saint Malo.

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